Irán: “La paz bélica”

El analista en ciencia política y gobierno evalúa los últimos giros del conflicto del Estrecho de Ormuz, cuyo impacto global es de incalculables proporciones.
En la primera fase del año Washington mostró el alcance de su armada y de su poder aéreo. Golpeó objetivos estratégicos, militares y (según Teherán y recuentos independientes) también dejó muertos civiles.

Por David Ruiz Góngora.- La guerra de misiles y bombardeos entre Estados Unidos e Irán toma una pausa que no es paz. Pakistán y Catar empujaron en junio un memorando para detener los golpes. Omán, ribereño del estrecho, volvió a la mesa en agosto para hablar de un corredor y del desminado.

El objetivo era el mismo: bajarle el pulso al conflicto y devolverle algo de previsibilidad a Ormuz. Por ese paso no solo circulaba cerca de una quinta parte del petróleo que consume el mundo. También urea y azufre, fertilizantes e insumos de los que depende, sobre todo, el mercado asiático.

En la primera fase del año Washington mostró el alcance de su armada y de su poder aéreo. Golpeó objetivos estratégicos, militares y (según Teherán y recuentos independientes) también dejó muertos civiles.

Irán, con la infraestructura tocada y miles de bajas, demostró que podía responder: bases y sitios estadounidenses en el Golfo y en la península arábiga, radares, barcos, la idea misma de que el estrecho no se abre solo porque lo diga la Quinta Flota.

El recado para Washington es viejo y sigue en pie. Acabar con el régimen implicaría poner botas en tierra. Cosa que el gobierno de Donald Trump, el cual en cierta medida ha defraudado a su electorado, no está dispuesto ni tiene resiliencia a hacer.

Tras meses de intercambio, julio y agosto no fueron un alto el fuego limpio. El memorando del 17 de junio aguantó poco: a la semana ya había un buque alcanzado en Ormuz, ataques estadounidenses a depósitos y radares, y misiles iraníes hacia Kuwait y Bahréin.

Lo que vino después fue una tregua tensa. No había paz. Pero tampoco había la misma guerra de inicios de año. En el terreno informático ambos bandos clamaban lo mismo con signo contrario: que ellos cierran y abren el estrecho. CENTCOM (Acrónimo en ingles de “Central command” o el Comando central de las FF.AA de los EE.UU) habla de vía internacional y de escoltas.

La Guardia Revolucionaria habla de control y de condiciones. Tasnim llega a decir que Ormuz no se reabre si no se sueltan fondos, si no hay exenciones y si Israel no sale del Líbano. Las dos versiones pueden publicarse el mismo día. Describen la misma agua.

En septiembre el conflicto volvió a subir y la situación en general escaló.

Del otro charco, en el estrecho de Bab el-Mandeb (el cuerpo de agua entre Yemen, Arabia Saudita y la costa africana), Ansarallah decidió atacar en serio.

El 20 de julio declaró un bloqueo marítimo contra Riad y rompió el “status quo” de más de doce años. En septiembre tomó Moca, empujó por la costa y desembarcó en Perim, en mitad de Bab el-Mandeb.

No es un episodio local. Desde principios de año, y con más claridad desde julio, los hutíes también han estropeado la lógica del Canal de Suez: el desvío que debía salvar a quien ya no quiere pasar por Ormuz.

Se suma el aniversario número 25 del 11-S y unas “midterms” en las que los republicanos llegan cuesta arriba. Los tambores de guerra no son metáfora de editorial. Están en el precio del barril y en la agenda de quien no puede permitirse otra foto de ataúdes.

Otra vez se han atacado. Esta vez el mapa incluye a Yemen. Además de comerse territorio que sostenía el gobierno yemení respaldado por Riad, el tablero saudí perdió su válvula terrestre: el oleoducto Este-Oeste, el que cruza el desierto del Golfo hacia Yambú y el Rojo, se cerró el 11 de septiembre “por precaución” después de varios ataques. Arabia Saudita habló de drones desde Irak. No hay un comunicado que se lo cargue solo a los hutíes. El resultado es el mismo.

Quien pensaba esquivar Ormuz por tubo y salir por Bab el-Mandeb se encontró los dos grifos flojos.

En el terreno informático cada bando clama victorias y mitiga derrotas. Estados Unidos y las cuentas OSINT prooccidentales repiten casi el mismo estribillo desde principios de año: infraestructura iraní destruida, objetivos de alto valor eliminados.

El gobierno iraní y la Guardia claman haber matado más personal estadounidense del que CENTCOM admite (el Pentágono publica 19 muertos y más de 800 heridos; hay filtraciones que hablan de 22 o 23; Teherán infla la cifra hasta los cientos) y haber golpeado barcos. Como sus contrapartes, se dicen dueños de Ormuz. O, cuando menos, dueños del momento en que se abre y se cierra.

Por ahora el tráfico marítimo aún pasa del Golfo hacia los mercados. Pasa menos. La Agencia Internacional de Energía puso los flujos de agosto cerca de 7,6 millones de barriles diarios frente a casi 20 antes de la guerra.

No se puede decir que “la guerra se reinició” si con eso se quiere comparar septiembre con febrero-junio. La escala no es la misma. Tampoco se puede decir que ha terminado. Ningún tratado de paz ni cese al fuego vigente lleva la firma de las dos partes.

Con el avance hutí en Yemen ya no se habla de un estrecho. Se habla de dos, y los dos importan para el comercio global. Súmese que Hezbolá volvió a las hostilidades desde inicios de agosto, cuando el memorando de junio pretendía silencio también en el Líbano. En estos, todo conflicto tiene relación, por más mínima que sea.

En la escala global el precio del petróleo se ha disparado otra vez. Los mercados especulan, como siempre, a que esto se irá a peor.

Y aunque no es el centro de este texto, en la guerra ruso-ucraniana se ve la misma obsesión por el crudo: Kiev pega contra las refinerías rusas para secarle a Moscú el margen de la exportación cara. Gobiernos europeos, incluida la neutral Suiza, han puesto por escrito que el entorno de seguridad del continente se ha deteriorado; como previendo lo que se avecina. Pero eso es otra historia.

El resumen de la situación cabe sin adorno. Una guerra mundial no está cerca; pero la paz está más lejos. Mientras tanto, los precios suben. Y la comunidad global vive en una normalidad falaz.