Por el internacionalista David Ruiz Gongora.
Перемога (Premoha) y Зрада (Zrada). Victoria y derrota en ucraniano. Победа (Pobeda), o mejor dicho победы (pobedy) en plural, es la palabra rusa para victoria. Y también está Поражение (Porazhenie), la palabra rusa para derrota, que los “doomers” (fuentes pro-rusas pesimistas ante el más mínimo revés) repiten cuando el frente se pone pesado.
Estas palabras se han convertido en mantras que retumban en las redes de cada bando, como un eco obsesivo en el cuarto año de una guerra que se ha “paralizado”, al menos en el mapa.
El frente lleva meses congelado en un cansancio profundo. Para los que lo seguimos desde la pantalla es agotador. Para los soldados que viven enterrados en las trincheras del Donbás es mil veces peor: un infierno constante de barro, drones y artillería sin tregua. Rusia entró en 2022 con su “operación militar especial” creyendo que sería un paseo como Crimea.

Cuatro años después sigue pagando con sangre y recursos el precio de impedir que Ucrania se incline del todo hacia Occidente. Del otro lado, las Fuerzas Armadas de Ucrania (ZSU) sobreviven enchufadas al soporte vital de la OTAN: armamento, inteligencia, dinero y, según los relatos prorrusos, también mercenarios. Desde la caída de Severodonetsk y Lysychansk en el verano de 2022 ya no son un ejército independiente en el sentido clásico.
En 2026 la guerra se ha convertido en un avance lento. Ambos bandos están exhaustos de hombres y material. La masificación de drones FPV, inalámbricos o de fibra óptica, ha vuelto casi imposible cualquier ofensiva grande con blindados. Una columna se mueve, un dron la ve y se quema antes de siquiera ver al enemigo. Suma la artillería constante.
Los movimientos reales ya no son grandes empujes mecanizados: son pequeñas escuadras en vehículos ligeros y rápidos. Reconocimiento, búsqueda de puntos débiles, detección de concentraciones enemigas para luego martillarlas con drones o fuego de artillería y solo entonces avanzar unos pocos metros o más si es posible.

La gran sorpresa del año hasta ahora fue el contraataque ucraniano en el frente de Zaporizhia en febrero, exactamente donde fracasó la gran ofensiva de 2023. En febrero de este año los ucranianos golpearon fuerte y recuperaron alrededor de 200 km². No es poca cosa.
Aun así, como siempre, Occidente tiende a inflar estas ganancias limitadas. Rusia sufre un desgaste brutal, sí, pero sigue sosteniendo el frente y manteniendo el ritmo del conflicto. En el Donbás, donde las defensas ucranianas están mejor fortificadas, el avance ruso es lento pero constante, metro a metro, trinchera a trinchera.
Mientras tanto, ambos bandos siguen con su guerra estratégica en la retaguardia. Los ucranianos han castigado duramente las refinerías rusas, precisamente para reducir el beneficio que Moscú sacaba del salto de precios del petróleo provocado por la guerra en Irán.
Los rusos, por su parte, no dejan de golpear fábricas y sobre todo la infraestructura energética ucraniana: plantas, subestaciones, redes. El resultado es un país que pasa semanas enteras sin luz ni agua, con la población civil pagando la factura más cara.
En el espacio digital la cosa es más desequilibrada. Ucrania y sus aliados occidentales convierten cada pequeña victoria en épica mundial. Los rusos y prorrusos tienen más eco en X, pero es en los canales de Telegram donde realmente se respira el pulso: una mezcla rara de tensión constante y el mantra oficial de “todo está bajo control”. Aunque también hay doomers que empiezan a murmurar Поражение (Porazhenie) cuando los drones ucranianos les complican los avances o cuando el desgaste se siente demasiado.
En conclusión, nadie puede lanzar hoy una gran ofensiva sin pagar un precio desproporcionado. Los drones y la artillería convierten todo en una matanza a cielo abierto. El Donbás es un laberinto de trincheras, fortines y campos minados que huele más a Primera Guerra Mundial que a cualquier conflicto moderno. Ucrania busca desesperadamente un contraataque que rompa esta lentitud asfixiante y sorprenda a los rusos, como ocurrió en febrero.
Rusia apuesta por el desgaste lento pero implacable: ir royendo las defensas ucranianas sin prisa, pero sin pausa, consciente de que una ofensiva masiva en el Donbás costaría demasiado.
Desde las fuentes pro-rusas más directas (Rybar, Two Majors y los milbloggers que viven el frente), la cosa se ve así hasta la primera semana de mayo: Rusia conserva la iniciativa estratégica en Donbass con avances pequeños pero constantes, usando grupos de asalto e infiltraciones para presionar sin parar.
Reconocen que los drones ucranianos les han complicado ganancias previas en Zaporizhia y que abril dejó una pérdida neta de territorio, pero lo venden como “ajuste táctico” y repiten el mantra de que el tiempo y la superioridad en producción de guerra están del lado ruso.
El enemigo se desgasta más rápido, dicen. Todo bajo control… aunque el precio sea alto. Al final, la situación en el frente para ambos bandos se resume en una frase cruda: ni bien, ni terrible. Tienen capacidad para golpes estratégicos, pero el riesgo de que el precio sea mayor que el beneficio sigue siendo muy real. Перемога (Premoha) o Зрада (Zrada). Победа (Pobeda) o Поражение (Porazhenie). Por ahora solo hay una cosa clara: la guerra sigue, y el que se canse primero… pierde.