Por Lewis Mejía.- Eran escolares, universitarias, profesionales recién graduadas, jóvenes madres de familia, que con profundo sentimiento patriótico dejaron la comodidad del hogar para aprender el duro oficio de la guerra.
Lograron dominar el armado del subfusil israelí Uzi de 9 mm con los ojos vendados, el tiro instintivo y la lucha cuerpo a cuerpo; estaban listas para usar ese conocimiento en misiones de combate aerotransportado.

Lo dice Dina Ofelia Rincón Moretti, de la primera Promoción de Paracaidistas Mujeres Militares del Ejército “Micaela Bastidas Puyucahua”, que en setiembre de 1975 quedó expedita para la acción.
“Nos decían -los instructores- ustedes están muy bien entrenadas y participarán en un acto militar histórico… Todo era en silencio, pero sabíamos que los militares varones ya comenzaban a desplazarse hacia el sur. En casa no comentábamos nada, era secreto”, recuerda.
Año del conflicto
Analistas de la época, como el chileno José Rodríguez Elizondo, autor del libro “Chile-Perú: el siglo que vivimos en peligro”, confirman que 1970 fue la década de un posible conflicto entre ambos países.

Era notorio que el general Augusto Pinochet Ugarte mantenía tensas relaciones con el mandatario peruano, general Juan Velasco Alvarado, quien por su parte planeaba recuperar lo perdido en la guerra de 1879.
Según Rincón Moretti, planeando un ataque masivo por mar y tierra, y paracaidistas desde el aire, Velasco Alvarado comenzó a equipar y preparar al país para el día “D”: 5 de octubre de 1975.
Para acumular toda la fuerza militar posible en la frontera sur, en noviembre de 1974 se promulgó el Decreto Ley No. 20.788 que por primera vez llamó la participación de la mujer en el Servicio Militar Voluntario.
Esto se hizo efectivo en enero de 1975, cuando la Fuerza Aérea convocó a su primer contingente femenino, mientras que en junio el Ejército hizo lo propio.

Parte del personal haría el entrenamiento básico calificándose de tropa aerotransportada, recuerda el coronel retirado Luis Romaní Ponce, entonces director de la Escuela de Paracaidistas del Ejército (EPE).
Esfuerzo y constancia
Primera graduada en la EPE fue Daphne Basulto, quien el 27 de marzo de 1961 saltó en el sector Lomo de Corvina, en Villa El Salvador. Hasta 1975, otras 50, algunas enfermeras del Ejército, la FAP y la Marina de Guerra, siguieron su ejemplo pero como experiencia deportiva.
Militarmente hablando, todo empezó en mayo con el llamado por radio y televisión, al que más de 1.500 señoritas de 16 a 24 años de edad respondieron acudiendo a la División Aero Transportada (DAT) en Chorrillos.
Ruth Basth Guerra, tras hacer sus tareas escolares, veía su telenovela. En la publicidad, un aviso la estremeció: Se invita a las señoritas que deseen participar en el Curso Básico de Paracaidismo Militar.
“… Llamé a todo grito a mis hermanas… De las siete, cuatro fuimos inscritas… Aury, Bertha, Maritza y yo… Fui la primera en enrolarme, con 16 años”, recuerda hoy desde Pensilvania, EE.UU.
El entrenamiento de orden cerrado, uso del uniforme, respeto al superior y muchos ejercicios empezó el 1 de junio de 1975, de lunes a domingo, de 7 de la mañana a 12 del mediodía, primer grupo; y de 13 a 18 horas el segundo.

La exigente selección a nivel médico, físico, psicológico y de carácter, eliminó a más de la mitad, y solo 640 que aprobaron la fase técnica y aplicativa se alistaron para desfilar por el aniversario patrio el 29 de julio.
Esa mañana, los limeños reunidos masivamente en la avenida Brasil vieron varios batallones de damas de porte marcial, traje camuflado y armadas con metralletas.
Al día siguiente de tantos aplausos recibidos tras marchar por las 35 cuadras de esa vía, se inició el primer Curso Básico de Paracaidismo Militar para mujeres en el país.

¡Vamos, paraca…!
El esfuerzo era diario, con marchas de 10 kilómetros y educación física para tonificar piernas y brazos, y afinar la coordinación de la mente con el cuerpo, así como fomentar la disciplina, el respeto y otros valores.
Hubo mucho de consejería psicológica para reforzar el liderazgo y la autoestima, y también para superar el dolor físico y las situaciones de estrés, o trabajar en equipo.
Como resultado, poco a poco se conformó una hermandad que hoy perdura, y que durante las difíciles rutinas se expresaba en las voces de “amiga, no te quedes, avanza, fuerza, vamos paraca…”.
Esas frases de ánimo ayudaban a superar los retos, rememora Cristina Benito Orosco, quien estuvo a punto de flaquear en una de las tantas carreras de resistencia, pero lo superó.
Practicaban mil veces en la torre de salto -15 metros de altura- la posición JEBI (Jumb Exit Body Impulse), y quienes no saltaban eran descalificadas al segundo intento por no saber controlar sus miedos. Pronto quedaron casi 300.

Igualmente, repetían los giros en el galpón de aterrizaje y en el de balanceo imitando estar suspendido del paracaídas; aprendiendo a caer sobre el agua o los árboles, o a resolver una emergencia en el aire.
“Me impresionó el mando de los oficiales, monitores y suboficiales. La disciplina y la obediencia. Nuestro Jefe de Curso, Manzaneda, tuvo mucha influencia sobre nosotras, supo comandarnos hasta el final”, afirma Martha Wong Tello.
Unidad de combate
También aprendieron defensa personal: “si te agarraban por la espalda, podías girar y ver el punto de apoyo del cuerpo del atacante para golpearlo y hacerlo caer…”, dice Dina Rincón.
En un polígono cerca a la playa La Herradura, en Chorrillos, una vez por semana durante varias horas disparaban con la Uzi y el fusil ametrallador ligero (FAL), en las modalidades desde el piso, caminando con el arma al costado, tiro por tiro o ráfaga, agrega Marina Espíritu Salinas.

Para agosto ya conocían de despliegues tácticos, planes operativos, leer cartas geográficas, ubicarse por las estrellas; y entendían de geopolítica…
Hoy suena machista, pero en la época las combatientes recibieron clases de cocina de campaña, una novedad pues como dice Bertha Basth Guerra, “muchas no sabíamos ni hervir agua…”.
Sin embargo, su misión en el conflicto era ocupar los puestos administrativos y logísticos del Ejército reemplazando a los varones, así como brindar primeros auxilios y evacuar a los heridos.
Es que entre ellas había enfermeras, terapistas, psicólogas y también profesoras, economistas, sociólogas… Hasta la secretaria de la oficina del Primer Ministro, Iliana Calderón Tello, de 22 años, era del batallón.
O Patricia Adolph Uribe, que se había capacitado en primeros auxilios en la Cruz Roja, presentándose a los 15 años en la DAT maquillada por su propia madre para aparentar más edad. Una generación muy diferente a la actual.
El salto real…
Tras tres meses de exigencia que les había dejado moretones, raspaduras y una sólida confianza en sí mismas, las 225 mujeres se despertaron la mañana del domingo 21 de setiembre, listas para pasar a la historia.
Cinco aviones C-115 Buffalo (De Havilland Canada DHC-5) de la Fuerza Aérea les esperaban en la Base de Las Palmas con los turbohélices encendidos, para iniciar la misión que acaso podría ser sin retorno.
Ojo, tirarse con el T-10 desde los 500 metros de altura es algo peligroso, como se demostró con Esther “Techy” Escobar Ramírez, compañera que fatalmente falleció en otro curso meses después.
Pero ese día, luciendo el uniforme verde olivo y cascos celestes, verdes, amarillos y blancos, según eran agrupadas, ellas eran capaces de todo y nada iba a empañar el mayor lanzamiento de militares mujeres en el mundo.
Luego de las arengas del instructor, Capitán EP Raúl Manzaneda Encalada, ellas marcharon equipadas desde la vecina DAT hasta la pista de aterrizaje. En cada vuelo iban 40 chicas. ¡Levantar, preparar, enganchar, listas, cuatro, tres, dos…! Eran las indicaciones del monitor de salto cerca a la puerta del avión que ruidosamente tomaba altura, recuerda Esther Mimbela Velarde.
“En ese momento el miedo desaparece, había nada que temer y mucho que disfrutar… Pasaron los segundos en que debía desplegar mi paracaídas, al hacerlo sentí como si alguien tirara de mí con mucha fuerza… El paracaídas se abre y es esta etapa un momento de relajación y tranquilidad única, después de casi un minuto de adrenalina pura”.
El 26 tuvo lugar la graduación, entrega del brevete y la respectiva diploma en las instalaciones de la EPE, en presencia de los altos jefes militares y sus respectivas esposas, que aceptaron ser las madrinas de la promoción.

En la actualidad
Siguieron dos saltos más, el último con todas a la vez, siempre en Lomo de Corvina, que generó expectativa sobre el futuro de este componente militar femenino aerotransportado.
Muchos pensaban que como marchaban las cosas, esto no era solo para la foto: iban a tener un puesto en las operaciones.
En 1978 se preparó la segunda promoción “María Parado de Bellido”. Pero poco después, Velasco Alvarado deja la presidencia y los nuevos dirigentes bajan las tensiones fronterizas en el sur.
Hoy quedan recuerdos, la experiencia que reorientó muchas vidas, la fortaleza de carácter, un libro (“Mujeres en los cielos del Perú) y una Asociación que las reúne periódicamente.
El Ejército las reconoce e invita a las actividades de la especialidad -en 2013 hubo un reentrenamiento-. La más reciente cita tuvo lugar -con el distanciamiento social- frente al monumento a la mujer paracaidista del Perú, por el 45 aniversario del histórico salto.
– Dina, ¿querías entrar en combate?
– Sinceramente sí… Me hubiera gustado saltar sobre Arica.
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